aguilarguerrero45@yahoo.com.mx y aguilarram86@yahoo.com
TENOCHTITLÁN
Epopeya de un Pueblo.
Canto Primero.
ORTO.
I
Huitziton y Tecpatzin se miran silenciosos...
Huitziton, viejo sabio de la inefable Aztlán,
oyó la voz del ave de trinos melodiosos
cantando entre las frondas con elocuente afán...
Los ojos de Huitziton, terribles, misteriosos,
se posan en Tecpatzin, egregio capitán,
quien mira en lontananza los árboles frondosos,
las majestuosas garzas, las tierras de su clan...
"¿Por qué -dice Tecpatzin con voz entrecortada-,
por qué dejar la tierra? ¿Por qué marchar al sur?"
Y le responde el sabio con gélida mirada:
\
"Yo oi cantar al ave, la del plumaje azur,
-Tihuí. Tihuí nahoas-, entre la enramada..."
Y ven al infinito los ojos del augur...
II
Terrible es la algazara que atruena por la tierra:
Tlahuicas, tlaxcaltecas, acolhuas, tecpanecas;
alegres xochimilcas; y chalcas, -grey que aterra-;
y en pos de todos ellos, altivos, los aztecas.
Ya cruzan amplio valle. Más tarde agreste sierra.
Y campos deliciosos. Y tierras mustias, secas...
Así van adelante, cual tropa en son de guerra,
confiando en el destino de misteriosas ruecas...
Atrás quedó El Gila. También El Colorado...
Una mañana dejan, por fin, Huey Culhuacán...
Y siguen caminando con paso apresurado
buscando Chicomóstoc, lugar donde verán
la tremebunda imagen del dios vaticinado
que hará del pueblo azteca de Anáhuac el titán...
III
Ya están en Chicomóstoc las tribus peregrinas.
Huitziton, el anciano, les manda descansar...
Y gozan las doncellas de voces cristalinas,
que un alto en el camino se debe festejar...
De pronto son turbadas las horas vespertinas.
Se agitan los aztecas... Parecen disputar...
Hay gritos ofensivos, miradas asesinas,
entre dos fieros grupos dispuestos a matar...
Mas llega el gran Huitziton de enérgica mirada,
silente, majestuoso, como terrible dios;
y calla repetuosa la gente alborotada...
Que aquel hombre sublime que de va de gloria en pos,
tiene algo que subyuga, tiene algo que anonada
cuando hace que se escuche la magia de su voz:
IV
"Bajad presto las armas, ¡aztecas insensatos!,
o niégueles Tonátiuh sus rayos y calor..
¿Acaso ya no existen más gráciles cervatos?
¿O ya perdió la carne del pato su sabor?
¡Disputan una joya de mil destellos gratos!
¡Desprecian dos maderos, negándoles valor...!
¡Oh, Huey Tloque Nahuaque!, los hombres son ingratos"
Y aléjase Huitziton..., Olímpico señor!
Los bandos contendientes se miran silenciosos,
mas, llévase la gema el grupo superior;
y guardan sus maderos, los otros, pesarosos...
Pero regresa el sabio diciendo con ardor:
"Vosotros, los humildes, seréis los victoriosos",
¡y arranca de los palos el fuego abrasador!
V
Llegó la negra noche de suyo misteriosa.
Las tímidas estrellas titilan sin cesar...
Cabalgan en los vientos, cual grita vagarosa,
aullidos de coyotes, de ranas el croar...
Y en medio de tal noche macabra, tenebrosa,
que la brillante Meztli no quiso iluminar,
la gente nahuatlaca se agrupa temerosa
cuando oye del tecólotl el lúgubre cantar...
"¿Qué cosa nos anuncias, tecólotl agorero?
¿Qué, con tu triste canto, nos vienes a decir?"
Y entonces el dios viento, veloz y vocinglero,
por todo Chicomóstoc comienza a repetir
las trémulas palabras del viejo hechicero:
"El sabio, gran Huitziton, acaba de morir".
VI
"¡Huitziton yace muerto!", suspira Yopiatzone...
Itzcahui mira al cielo con gesto pesaroso.
Cuexpálatl y Ocelopan -que tal suceso impone-,
lamentan en silencio la muerte del coloso...
Y más allá Tenunctzin contempla cómo pone
Tecpatzin, junto al muerto, sus prendas, respetuoso...
Y el rostro de aquel bravo por fin se descompone;
que frena, con su orgullo, la fuerza de un sollozo...
Y afuera, ¡negra noche! Si acaso en lontananza
se escucha lastimero de un cóyotl el aullido,
que arrastra por los montes el viento con su danza...
Y el pueblo peregrino, cansado y aturdido
por ese rudo golpe que mina su confianza,
suspira por la patria que necios han perdio...
VII
Al fin llega la aurora radiosa por levante.
"Que no murió Huitziton", se escucha por doquier.
El viejo Yopiatzone, de místico semblante,
lo dijo: "No ha muerto. Al cielo fue ayer".
También Itzcahui dice con voz viril, tonante:
"Voló a Tezcatlipoca la escencia de su ser"...
Y el pálido Cuexpálatl, de talla de gigante,
repite: "No ha muerto. No hay por qué temer".
Después habla Ocelopan a todos congregados:
"¡Oh, nobles nahuatlacas!, no haya más dolor,
que somos de Huitziton, nosotros, los amados...
Y porque comprendamos la fuerza de su amor,
oíd este mensaje que os dejará asombrados
aquí, bajo este cielo, en todo su esplendor:
VIII
Queriendo protegeros el dios Tezcatlipoca,
pidióle al gran Huitziton subir a su presencia.
Sentólo a su siniestra, sobre bruñida roca,
y ungió todo su cuerpo con su divina escencia...
Después, sereno, dijo: -Y bien, ahora toca
que escojas una tribu por toda su existencia.
La harás inmensa, grande, que aunque hoy sea poca
su fuerza y su confianza, tendrá gran descendencia...
De aquí, Huitzilopochtli será tu nuevo nombre.
Y cuando ése, tu pueblo, sea ya poderoso,
tendrás el regio templo que a todo mundo asombre-.
Así, ¡oh, nahuatlacas!, trocad la pena en gozo...
Y luche cada grupo, como si fuera un hombre,
por ser el escogido del dios maravilloso..."
IX
Al fin calló Ocelopan. Las tribus peregrinas
discuten desconfiadas, dudando, temerosas...
Y en medio de sus dudas hay lenguas viperinas
que silban en las noches, con frases sigilosas:
"Los cuatro temacazcles, con artes asesinas,
pretenden gobernarnos. ¿No veis con qué melosas
promesas de grandeza nos clavan las espinas
de dudas y temores, con fábulas odiosas?"
Así por Chicomóstoc se extiende el descontento.
Mas todos se contienen, pue hay un no sé qué
terrible y agorero flotando por el viento...
Y aquellos nahuatlacas, aquel pueblo que fue
torrente incontenible en pos de regio asiento,
es presa de mil dudas que minan su gran fe...
X
Ajena a cuanto pasa, con gesto indiferente,
aislada por los años que matan los anhelos,
y embotan los sentidos y atrofian nuestra mente,
aléjase una anciana que es ya madre de abuelos...
Ya lejos, barre el cerro con ansia la inocente,
sin ver que causan risa, por locos, sus desvelos...
Y párase por verla el Sol incandescente...
Y tiemblan admirados los aires y los cielos...
"Ya barre Coatlicue", se mofan los guerreros...
Burlonas, las mujeres, susurran entre sí...
Mas callan respetuosos los sabios y hechiceros...
Prosigue la ancianita barriendo por allí...
Y cuando el Sol se pone y salen los luceros,
regresa Coatlicue... ¡Qué loco frenesí!
XI
¿Qué tienen los guerreros que rudos apostrofan
a aquella noble anciana de tímida figura?
Decid: ¿Por qué airados de tal mujer se mofan?
¿Cuál es el gran delito de esa criatura?
¡Ah!, vieja cuya carnes marchitan y afofan
sus tantos, tantos años de vida sin ventura.
Abuela, Coatlicue, los nobles te apostrofan:
¿Cómo es que en tus entrañas un niño se madura?
Y trémula musita la vieja avergonzada:
"Barría la llanura. Cayó un plumón del cielo...
Cayó un plumón precioso; y lo guardé azorada...
Lo puse aquí en mi pecho, sin dudas, sin recelo;
Y al punto, ¡oh, destinos!, me vi embarazada..."
Y Coatlicue llora su pena desconsuelo...
XII
¡Oh, Centzonhuiznahoa! ¡Oh, hijos de la vieja!
¿Por qué fieros desprecian razones y lamentos?
¿Por qué si Coatlicue se vuelve amarga queja
esgrimen sus macanas, lanzando juramentos?
Y cuando uno de aquellos guerreros sin guedeja
ataca, cual demonio montado en raudos vientos,
la anciana gime: "Muerte". Y allí se desmadeja
rodando por los suelos con raros movimientos...
Entonces, los infames, terríficos guerreros
que buscan dar la muerte a la indefensa anciana,
a una se contienen, y ya no son tan fieros,
que allí, bajo el sol rubio de la gentil mañana
y del marchito cuerpo que acosan altaneros,
brotó feroz guerrero, con dardo..., ¡sin macana!
XIII
¡Oh!, noble dios Tonátiuh. Mirad lo que mis ojos.
Mirad ese gigante de brazos musculosos
y trémulo penacho con tonos blancos, rojos...
Mirad su gran rodela. Su dardo... ¡Poderosos!
¿Ya, Cenzonhuiznahoa, cesaron sus enojos?
Si ante Coatlicue mostrábanse animosos
¿por qué hoy desfallecen y casi están de hinojos?
¡Herid a tal coloso!, que vos sois numerosos...
Mas, los surianos mudos, -vil tropa acobardada-,
contemplan fascinados a aquel, su nuevo hermano
cuya siniestra pierna, delgada y emplumada
les muestra mil presagios de "algo sobrehumano".
Después, el gran guerrero de tétrica mirada,
empuña su venablo con imponente mano...
XIV
Y ¿qué mortal osado jamás logró vencer
a un dios omnipotente, no obstante su valor?
Así, Huitzilopochtli, dios hijo de mujer,
se lanza furibundo, cegado de rencor...
Sus múltiples hermanos presienten el poder
y fuerza misteriosos de aquel ser superior,
y esperan la embestida, buscando contener
sus ímpetus tremendos..., mas tiemblan de pavor...
Y cuando al fin se traban en lucha desigual,
el dios Huitzilopochtli, con gran facilidad
a todos sus hermanos destroza por igual...
Ya Centzonhuiznahoa pagaron su maldad.
Su sangre corrompida regó por el breñal
el dios Huitzilopochtli, ¡magnífica deidad!
XV
Las tribus nahuatlacas discurren azoradas:
"Nació Huitzilopochtli. Huitziton yace muerto.
¿Qué nuevas maravillas nos tienen preparadas
los cuatro temacazcles? ¿Será tal cuento cierto?
"Cuexpálatl y Ocelopan, en noches estrelladas,
estudian de los astros el titilar incierto..."
"Itzcahui y Yopiatzone, allá en las enramadas,
escuchan de las aves el mágico concierto..."
"Yo vi a los sacerdotes -murmura un tecpaneca-,
hablando con Tenunctzin, el bravo capitán...
Oí que misteriosos hablaban del Azteca...
"Y oí como Tenunctzin decía: ¡Muy buen plan!"
Después, susurra un chalca con expresiva mueca;
"Hay algo en sus cabezas. Hay algo, ¡ya verán!"
XVI
Así por Chicomóstoc se extiende el descontento.
Los chalcas desconfiados, rebeldes y sin fe,
ya van envenenando el ser y el pensamiento
del pueblo nahuatlaca que duda, teme y ve...
Difaman a Tenunctzin cuando con fiero aliento
murmuran a hurtadillas. Y no dicen por qué,
mas de los temacazcles se expresan con acento
cargado de desprecio... ¡Y así matan la fe!
Tenunctzin, el guerrero, medita silencioso...
Comprende que no puede tal pueblo gobernar
y cuánto daño causa el chalca belicoso...
Después, por fin decide que es tiempo de actuar;
y busca al gran Tecpatzin, al viejo majestuoso,
al sabio Huey Tecuhtli que les mandó marchar...
XVII
Tecpatzin, silencioso, escucha al caudillo...
Tenunctzin, con gran fuerza, le pinta el porvenir;
y tiene su mirada, cuando habla, todo el brillo
que encierra el entusiamo, el ansia de vivir:
"Haced que el pueblo azteca, tan dócil y sencillo,
le de a Hutzilopochtli su aliento hasta morir...
Meted en sus cabezas, de frente a colodrillo,
que él los quiere a ellos y que los va a elegir".
Apoya Yopiatzone las frases del guerrero.
Itzcahui y Ocelopan también piensan igual...
Y el pálido Cuexpálatl sentencia así, certero:
"Este es el gran momento... Momento ideal...
Huitzilopochtli sea el gran dios verdadero,
¡Y nuestro pueblo azteca jamás tendrá rival!"
XVIII
Sublime Chicomóstoc. Grandioso. Legendario.
¡Oh, tierra do se funden verdad y fantasía!
Las sombras de la noche recogen su sudario
en cuanto el dios Tonátiuh anuncia un nuevo día...
La gente nahuatlaca, igual que lo hace a diario,
se entrega a sus labores con fe, con alegría...
Decid: ¿A quién le importa hurgar en el armario
do guardan mil designios los brujos y su guía?
Y surge allí el milagro: Vibraron los arcanos.
Inmóvil quedó el mázatl. Huyó el pequeño tochtli
y el trinador zentzontle voló a mejores llanos...
Y surge allí el milagro: Aquel Huitzilopochtli,
aquel, quien dio la muerte a "cientos de surianos",
fue el dios de los aztecas. ¡El Dios Huitzilopochtli!
XIX
Y sucedió tal día: Los cuatro sacerdotes,
Itzcahui, Yopiatzone, Cuexpálatl y Ocelopan,
y el más bravo tecuhtli, Tenunctzin, cuyas dotes
de jefe de guerreros en otros no se topan,
dijeron a su pueblo: "Ya dio la milpa elotes...
Las flores exquisitas al fin los campos copan...
Los pájaron gorjean. Las plantas tienen brotes,
y nuevos, misteriosos, poderes nos arropan...
Cantad. Danzad aztecas, que nuestro dios lo dijo:
"Templad el flexible arco. Tomad la flecha alada.
Ornad vuestras cabezas con plumas... ¡Os lo exijo!
Cuidad mi imagen sea por siempre venerada;
y yo, Huitzilopochtli, os llevaré de fijo
a allá, do la grandeza os tengo destinada..."
XX
"Dejad a los tlahuicas. Dejad los tecpanecas.
Dejad a los acolhuas, los chalcas quisquillosos,
los mustios xochimilcas y aquellos tlaxcaltecas...
Dejadlos que se marchen. Son fatuos. Son medrosos...
Y ustedes, ¡oh, guerreros! ¡Oh, príncipes aztecas!,
Llevadme siempre en andas por esos escabrosos
caminos a la gloria: ¡La guerra! Sí, aztecas.
Tened prestas las armas. Sed siempre valerosos...
Serán mis sacerdotes Chimalman y Cuacóhuatl
y aquellos dos mancebos de espaldas poderosas:
El místico Apenécatl y el bravo Texcacóhuatl.
Y el jefe de la tribu -grabad bien estas cosas-,
siga siendo Tecpatzin, a quien darán Mixcóhuatl
y Xiúnel toda ayuda... ¡Grabad bien estas cosas!"
XXI
¡Oh, Huey Tloque Nahuaque! ¡Ey, tú, Tezcatlipoca!
Mirad: De Chicomóstoc comienzan a salir
las tribus nahuatlacas. Mirad, oíd su loca,
su alegre algarabía; sus ansias por partir...
Y ved allá, ¡oh, dioses! Allá, tras esa roca:
El pobre pueblo azteca, callando su sentir,
desprecia a los que parten. ¡Ey tú, Tezcatlipoca!
¡Que tu Huitzilopochtli los sepa resarcir!
Las tribus nahuatlacas se fueron ya, se fueron...
La espesa polvareda que flota en lontananza
es todo cuanto queda de aquéllos que partieron...
Mas, ¡ya!, bravos aztecas. Que la desesperanza
no agobie vuestros pechos. Los dioses lo quisieron...
¡Tañed, tañed el huéhuetl! ¡Bailad, bailad su danza!
XXII
Y habló Huitzilopochtli: "Espera ya el camino.
Llevad las armas prestas. El arco, la macana
y flechas sibilantes. El tigre asesino
acecha silencioso por montes y sabana...
Salid de Chicomóstoc. ¡Cumplid vuestro destino!
Buscad, buscad la tierra do un águila galana
devore una serpiente sobre el nopal divino
y bajo el sol incierto de la gentil mañana...
Allí tendréis asiento ¡oh, bravo pueblo mío!
Allí vuestro coraje y empuje serán tales,
y tal vuestra grandeza y fama y poderío,
que rodarán al paso de nuestro generales
y quedarán sujetos a nuestro señorío
los reinos más altivos... ¡Seremos colosales!"
XXIII
Partid, bravos aztecas. Pensad en la grandeza
que mi Huitzilopochtli nos tiene prometida...
No haya quien no adorne con plumas su cabeza...
Haced que Cihuacóatl se sienta gradecida...
Mas, ¿qué tiene Tecpatzin? ¿Qué causa su tristeza?
Aquella gran familia que siempre fue tenida
por gran hermana nuestra, lo dijo con fiereza:
"¿La gente tlaltelolca jamás será absorbida!"
"Si sólo dos maderos les dimos en el prado
y fue para nosotros la regia piedra-sol,
nuestro poder es grande; y hemos decidido:
Iremos junto a ustedes. Que cubra el mismo sol
a azteca y tlaltelolca... ¡Mas no será mandado
el noble tlalteloca por vuestro caracol!"
XXIV
Al fin de Chicomóstoc partieron los aztecas.
Caminan los tecuhtlis luciendo sus penachos
y escudos protectores, de caprichosas grecas;
policromo atavío que envidian los muchachos
y admiran las doncellas; las de divinas muecas
y crenchas de obsidiana, y mórbido picachos
que cubren sus huipillis. Cuidad, viejas entecas,
cuidad tales tesoros de tantos, tantos machos...
Avanzan los aztecas, ¡juguetes del arcano!
Ha tiempo que pasaron por Cohuacicamad...
También Matlahuacayan vio al pueblo soberano...
Avanzan los aztecas... "Mirad allá. Mirad:
Apanco se divisa. ¡Mirad!, cerca del llano...
Y allí. Huitzilopochtli, ordena: "¡Descanzad!"
XXV
Así en el grato Apanco sentaron sus reales.
Y fue: El buen Tonátiuh con sus eflubios baña
la cálida mañana. Magueyes y nopales
apuntan hacia un cielo que ni una nube empaña...
De pronto, a lo lejos, se ven dos generales
que corren presurosos en una forma extraña...
Ya llegan. ¡Oh, destinos! Anuncian nuevos males:
"¡Se acercan enemigos! Aztecas, ¡a campaña!"
Retumba el ronco huéhuetl y el pueblo se enardece...
También el teponaxtli los llama a combatir...
Y todos se preparan..., que nadie desfallece...
En tanto, de una loma no acaba de salir
la tropa de enemigos que crece, crece, crece...
Aztecas: ¡esforzaos!... ¡Luchad hasta morir!
XXVI
Esperan los aztecas impávidos la lucha...
Si acaso, las doncellas y niños palidecen
y tiemblan temerosos cuando una voz se escucha:
"Marchadse de las tierras que no les pertenecen"
Mas, al hablar Tecpatzin con su elocuencia mucha,
se agitan los guerreros. Gritando se enardecen...
Y esgrimen sus macanas, cual gente en guerras ducha,
al son del teponaxtle y el huéhuetl que ensordecen...
Se acercan los dos bandos. Se miran cautelosos.
Ya cruzan por los aires guijarros zumbadores,
venablos asesinos y gritos espantosos...
Y cuando fieros chocan los rudos gladiadores,
vacilan los aztecas... Vacilan temerosos...
Que aquellos enemigos son más, ¡y son mejores!
XXVII
¡Ey, Gran Huitzilopochtli! ¡Tú, Dios Omnipotente!
¿Ése es tu pueblo amado, el pueblo que escogiste
para que brille regio con gloria refulgente?
¿Y a ésos la grandeza tú, pues, les prometiste?
Vé, Dios Huitzilopochtli allí a tu amada gente.
La noche ha suspendido la fiera noche triste...
Mas, cuando el Sol retorne mañana, por oriente,
será vana promesa aquella que tú hiciste...
Vendrán sobre tu pueblo millares de guerreros
que espern impacientes la luz del nuevo día;
que aguardan impacientes, seguros y altaneros...
Y entonces, entre risas y gritos de alegría,
harán de tus tecuhtlis ¡esclavos prisioneros!
Y harán de tus doncellas ¡las hembras de su orgía!
XXVIII
Chimalma y Texcacóhuatl aquella noche aciaga
al dios Huitzilopochtli imploran protección...
Cuauhcóhuatl se traspasa los muslos con su daga,
en tanto que Apenécatl musita una oración...
Y cuando el Sol temido con su esplendor amaga
a nuestro pueblo amado que tiembla de emoción,
se sabe la noticia; y rauda se propaga:
¡Sufrieron, los contrarios, terrible inundación!
Se desbordó el río... Y aquel campo enemigo,
aquél, donde esperaban ansiosas de luchar
las huestes de contrarios, la Luna fue testigo
de cómo el agua helada lo vino a desbandar...
¡Salud, Huitzilopochtli! ¡Salud, oh Dios amigo!
Tu pueblo te respeta... Por ti podrá triunfar...
(Continuará)