JUÁREZ.

      Paladín de la Reforma.

Autor Ricardo Aguilar Ramírez.

aguilarguerrero45@yahoo.com.mx  y  aguilarram86@yahoo.com     

 Contemplando borrergos en el cielo

y cuidando rebaños en la tierra,

el pequeño pastor en sí se encierra

al rimar sus anhelos de chicuelo

con su sed de saber; su gran anhelo.

 

Él no sabe leer; y en su ignorancia,

le asombran muchas cosas naturales.

En la noche: Los brillos siderales,

el rayo cuya luz temor escancia

y el trueno sacudiendo la distancia.

 

Él no sabe leer... Pero comprende

el trino de las aves; y sus fugas.

Y al ver como se arrastran las orugas,

en su alma sensitiva un algo enciende

el ansia de saber lo que no entiende.

 

¿De dónde sale el Sol? ¿Dónde descansa?

¿Habrá nubes más altas que la Luna?

¿Qué pasa si se seca la laguna?

Y aquello que se mira en lontananza,

¿será lo que ellos llaman esperanza?

 

Son muchas las preguntas. El misterio

es grande para el alma del chiquillo...

Pero en sus limpios ojos hay el brillo

del ente superior, cuyo criterio

se encuentra, por su edad, en cautiverio.

 

¡Él no sabe leer!... Tiene doce años.

¡Y no sabe de cosas de la escuela!

Si ha vivido al amparo de su abuela

entre rezos, caricias y regaños;

y cuidando en el campo los rebaños...

 

Él no sabe leer... Mas piensa y sueña:

"¿Puede ser más difícil ser señor

que sufrir el cansancio y el calor

al abrir un sendero por la breña

y trepar por los filos de la peña?"

 

Así piensa el pastor, cuando sentado,

mil tesoros ocultos adivina

más allá de los campos, donde trina

el pájaro del pecho colorado...

¡Más allá del anhelo más soñado!

 

Pero tiene el temple de su raza...

El tezón galvaniza su pobreza

y su yo dignifica su tristeza;

así, ebrio de fe, expone y traza

a su hermana el ansia que lo abrasa...

 

El pequeño pastor quiere aprender.

Mirar lo que los libros atesoran...

Saber por qué al leerlos muchas lloran;

y por qué, con la magia de leer,

ellos pueden ver cosas del ayer.

                          

Josefa es la hermana del pequeño.

Él sabe que trabaja en la ciudad.

Con gente superior... De calidad...

Y echado en su petate roba al sueño

minutos, prisionero de su ensueño...

 

Al fin decide serio, sin malicia:

"¡Josefa! ¡Ella vive en la ciudad!"

Y pese a lo temprano de su edad,

sereno mide y pesa con delicia

en ansia que su espíritu acaricia...

 

Irá con los patrones de su hermana.

Allá podrá estudiar... Ir a laescuela.

Y soñando mil cosas se desvela

esperando que al fin, un buen mañana,

lo bese la fortuna soberana...

 

Sabrá leer los libros misteriosos...

¡Muy pronto habrá de abrir sus pastas rojas

para sabe qué dicen esas hojas!

Mas, el niño pastor, de anhelos briosos,

se guarda para sí tales retozos.

 

Nedie sabe qué piensa aquel chiquillo;

porque nadie le presta gran cuidado.

Es tan sólo un rapaz, siempre callado

que parece gozar con el cardillo

que las aguas reflejan... Con su brillo...

 

Y parte a la ciudad. Va tras su hermana.

Atrás quedan rebaños y jacales,

la tierra con paupérrimos maizales

y años de pastor en la sabana...

Él va tras una estrella soberana...

 

Observa la ciudad, serio, sereno...

Controla su sentir, sus emociones...

Y al ver casas inmensas, con balcones,

los ojos de aquel rostro, tan moreno,

contemplan sus huaraches, donde hay cieno...

 

Es lodo de la tierra de su casa...

Es tierra recogida del camino;

sendero suavizado por el trino

del ave, cuando el indio se desplaza

sumido en las tragedias de su raza...

 

El niño ve su ropa... Su calzón

que fuera casi blanco, cuando nuevo;

y toca su sombrero donde hay sebo,

hay grasa, mugre y mucha comezón

debidos al calor de la región..

 

Es viejo su sombrero de petate;

son rotas ya sus alas y la copa;

sombrero que hace juego con su ropa

de manta, más rasposa que el mecate,

y con su obscura piel, color de otate...

                                  

Los ojos del indito, sorprendidos,

reflejan cuanto siente el corazón:

Asombro, miedo, pena, desazón;

pero firme refrena sus latidos,

pensando en sus anhelos más queridos.

 

"He de saber leer... leer como ellos...

Los libros tienen muchas, muchas hojas...

Y tienen mariposas... Flores rojas...

Y cuadros con paisajes, todos bellos;

y changos, y elefantes, y camellos...

 

"Pero, las negras letras..., ¿qué dirán?

¿Por qué pasan los grandes largas horas

sentados en sus viejas mecedoras

leyendo tantos libros? ¿Qué verán?

¿Acaso con los muertos hablarán?"

 

El alma del indito tiene dudas.

Su mente vaga inmersa en el misterio;

y el rostro, permanentemente serio,

no deja traslucir las frases mudas

que arañan su cerebro, briosas, rudas...

 

Ha llegado... Josefa ve a su hermano...

Lo lleva ante Petrita con cariño

quien viendo la carita de aquel niño

que con gran humildad besa su mano,

presiente en él un algo soberano...

 

Y allí está el gran señor Antonio Maza.

El niño se cohíbe ante el patrón

que lo mira, sonriendo socarrón...

Y al besar de aquel hombre la manaza,

Benito sabe, sí, que es de otra raza...

 

Josefa lleva al niño con su esposo,

el digno don Tiburcio Maldonado;

y aquél, el mayordomo fiel y honrado

de don Antonio Maza, afectuoso 

saluda a aquel chaval..., tan silencioso...

 

Y ponen al chaval a trabajar;

pizca granas allá en la nopalera

como joven peón, de tal manera

que sus íntimos sueños de estudiar

son anhelos que no puede lograr...

 

Una vez que termina la jornada,

el chiquillo contempla silencioso

los libros colocados en hermoso

librero de madera bien tallada;

y hay destellos de luz en su mirada...

 

Así pasan los días, lentamente;

el chiquillo labora con empeño

sin que tal trajinar borre su ensueño:

Leer como lo hace tanta gente

de razón, de valer..., inteligente...

                              

En horas de descanso, silencioso,

contempla a aquel señor: Un padrecito

amigo del patrón; y nuestro indito,

ante tal personaje, respetuoso

escucha su decir, serio, curioso...

 

Antonio Salanueva, gran señor,

de tiempo buen amigo de los Maza,

visita con frecuencia aquella casa...

Él habla de los libros con amor,

que sabe encuadernarlos con primor...

 

Benito lo contempla deslumbrado...

Cuando toma los libros con ternura

y leyendo sus páginas murmura,

el rapaz, hasta entonces iletrado,

lo mira sin chistar..., embelesado...

 

Él no sabe, no puede comprender

lo que dice entre dientes tal señor;

y muy dentro lo hiere el escozor

de sentirse ignorante... No poder

disfrutar del encanto de leer...

 

Salanueva contempla divertido

el arrobo del tímido rapaz...

Y al mirar de soslayo aquella faz

que los rayos del Sol han ya curtido,

presiente en aquel ser un elegido...

 

Así, el religioso, noble lego,

sugiere que le dejen al chiquillo;

ha visto en su mirada el vivo brillo

de quenes al sentir el sacro fuego,

el ansia de saber colma su ego...

 

Benito, silencioso, resignado,

recuerda sus vivencias de pastor;

y allá en las npaleras, el calor;

pizcando granas sin parar, cansado,

lejos de todo lo que ha soñado...

 

¿Por qué no va, como los otros niños,

a la escuela, para saber leer?

¿Es que nunca podrá llegar a ver

en los libros los misteriosos guiños

que imagina románticos cariños?

 

Y al oír que el buen padre Salanueva

lo guiará por las sendas del saber,

siente el alma invadida de placer;

mas, la estrirpe de roca que ya lleva,

no permite que un gesto lo conmueva...

 

Nadie nota que pleno de ilusiones

-pues siempre se le ve como si nada-,

tiene ya nueva luz en su mirada

con destellos de dulces emociones;

con reflejos de férvidas pasiones...

 

Salanueva lo ve de hito en hito.

Sólo él ha podido comprender

cuanto anhela aquela adusto ser

cuya imagen de indio pequeñito

tiene un halo do brila lo inaudito.

 

"Llegará -piensa el lego conmovido-

a ser este muchacho gran señor;

adalid de su raza; defensor

de la gente sumisa que ha vivido

por centurias sin luz, en el olvido".

 

Ya camina tras él nuestro Benito.

Tras quien ha de llevarlo a conocer,

a través de la magia de leer,

los misterios que asombran al indito

cuando mira, sin ver, al infinito.

 

Salanueva, dechado de ternura,

y Benito, ansioso de saber,

son feliz paradigma de deber.

Unidos en romántica aventura

navegan por la luz de la lectura.

 

Y si es Salanueva el timonel,

quien gobierna con fe la frágil nave,

el sereno mocito, siempre grave,

obediente se muestra, presto, fiel,

que su gran esperanza puso en él.

 

Así pronto comienza a comprender

la magia sin igual de la escritura

y el encanto sin par de la lectura...

Y sus ansias innatas de saber,

crecen más mientras más puede leer.

 

Sonríe Salanueva satisfecho.

Admira el tesón de tal chiquillo

que a no ser por sus ojos, por su brillo,

no deja que descubran que su pecho

rebosa de placer, por cuanto ha hecho.

 

El pequeño ya habla castellano.

Aprendió sin esfuerzo tal idioma;

mas su rostro de roca firme doma

la sonrisa pueril, el gesto vano,

por su temple de indio soberano.

 

El lego Salanueva, que lo instruye,

le enseña con romántica emoción

las cosas de su santa religión,

mas la mente del niño briosa bulle

cuando, mudo, enigmas mil intuye.

 

Ya lee los cuadernos de Ripalda.

Y marcha como dulce corderito

en cada procesión del santo rito,

con la unción con matices de esmeralda

que les trajo el pendón de rojo y gualda.

 

Así pasan los años de su infancia.

Ya pronuncia sintagmas en latín;

y al sonar el sagrado retintín,

de rodillas el santo vino escancia

que le da la sotana, seca, rancia.

 

Es creyente, nomás, por atavismo.

Que dudar de la santa religión

es ganarse la dura excomunión... 

Y no quiere caer en el abismo

donde reina Satán con vil sadismo...

 

Felice ve su obra Salanueva.

Y decide mandar al seminario

a quien porta sagrado escapulario

y en los libros sagrados firme abreva

con pasión y su fe, que se renueva.

 

Allí, Juárez descubre con dolor

la conducta de varios estudiantes;

hipócritas, falsarios y tunantes

fingiendo santidad y gran amor

por las cosas sagradas del Señor.

 

Pero lejos, de "mochos" califican

al burlarse de algunos profesores

cuando van por los amplios corredores...

Se persignan, y así se santifican

mientras faltos de fe, todo critican...

 

Para el joven Benito -sus redaños-,

tal conducta es causa de molestia;

pero calla, sumido en la modestia

de su gran juventud. Sus quince años

detestan los reproches y regaños...

 

Él ignora del mundo muchas cosas.

No sabe que la patria sufre y llora

por causas de la grey explotadora

que tapa con mil "prácticas piadosas"

un cúmulo de acciones vergonzosas.

 

No sabe cómo medra el alto clero

a costa de la inerme población

sumida en la miseria y oración

impuesta por el cura rezantero

que sabe acaparar, tierras, dinero.

 

Metido en el taller de su mentor,

el noble Salanueva, por quien sabe

leer y escribir, mágica llave

que lo hace sentirse superior,

ignora cosas mil del exterior...

 

¿Qué sabe de la gesta de Morelos?

¿Y qué de las hazañas de Guerrero?

Él sabe de Jesús, Dios verdadero

que por sacar al hombre de su duelo

a nuestro mundo vino desde el cielo. 

 

Así vivó el doncel por varios años.

Entre nubes de rezos y copal

y escuchando en la santa catedral

homilías, sermones y regaños

de los curas hieráticos y huraños.

 

Y hoy, en el sagrado seminario,

donde estudia gramática latina,

escucha murmurar a la sordina

conceptos que no van con el brevario;

que chocan con el gran devocionario...

 

Pero Benito calla, temeroso

de faltar a las reglas del deber.

Él estudia con hambre de saber

sin salirse del dogma prodigioso

que controla su mente de buen mozo.

 

Salanueva lo mira, lo vigila.

Comprende que hay algo que palpita;

que en las mentes de muchos ya gravita

el ansia liberal que firme apila

a quienes ven con dones de sibila.

 

Pero el joven Benito escucha y calla.

Él no pone palabras en el viento

que descubran su firme pensamiento.

Él estudia..., y en eso no desmaya

porque quiere acrecer su ser y talla.

 

¿Pero es que pasó inadvertido

para él, lo que fue el Plan de Iguala?

¿Qué sintió cunado México, de gala,

se miró libre ya, manumitido

del poder español al fin vencido?

 

¿Acaso por lo corto de su edad

la escolástica rancia del convento

inyectó en su ser un sentimiento

de traición, de diabólica maldad

hacia quienes gritaban "libertad"?

 

Él, indio como es, ¿no siente gusto

al saber que el látigo español

dejará de caer a pleno sol

hasta abrir amplios surcos en el busto

del indígena en vil castigo injusto?

 

Nadie sabe qué pasa por la mente

del severo doncel seminarista

cuando en vez de parlar fija la vista

en quien dicta sintagmas elocuente.

Porque sabe escuchar. Serio. Silente.

 

Estudia con pasión filosofía;

que si quiere abrazar el sacerdoco,

jamás debe caer en el mal ocio

donde el hombre sin temple se desvía.

Luego, cursa por fín, Teología.

 

¿Qué lo hizo cambiar? ¿Por qué razón

decide que no va por el camino

que le tiene fijado su destino?

Porque Juárez tomó su decisión:

"No tengo, para cura, vocación".

 

¿Qué lo hizo cambiar de tal manera?

¿Por qué causa ya deja la sotana

y prefiere la toga soberana?

¿Es que ya maduró y al fin se entera?

 

Salanueva, vencido, se resigna.

Él no puede torcer la decisión

de quien siendo dechado de tesón

pudo ver lo que a muchos hoy indigna:

¡La sotana es pérfida!... ¡Maligna!

 

Cierto es que no pocos sacerdotes

trabajan con cariño por la gente

que pervive en estado deprimente;

la que sufre maltratos mil y azotes

de hacendados y fieros soldadotes.

 

Pero aquellos que viven en la cima

y se dicen ministros del Señor;

los que en misa ponderan el amor

y el perdón a quien fiero nos lastima,

viven en opulencia que da grima.

 

Mas, ¿quién pudo inyectar veneno y hiel

en la mente serena del buen Juárez?

¿Por quién deja la paz de los altares 

y se marcha como cualquier infiel?

Fue por Méndez... ¡Un indio como él!

 

Miguel Méndez, genuino zapoteca.

Vivaz, inteligente como pocos,

abrió con su gran verba vivos focos

en las mentes de aquella grey enteca

que no quiere pensar, pues, ¡porque peca!

 

Y son muchos los bravos estudiantes

que se van de las bóvedas del luto

a la luz-libertad del Instituto

donde pueden hablar, como gigantes,

sin temor a demonios galopantes.

 

Juárez marcha con ellos. ¡Va feliz!

¡Cuánto admira el vivo razonar

de Miguel, quien no para de formar

comités en favor de su país,

y del indio..., ¡que es nuestra raíz!

 

Él proclama su ley de liberal

sin faltar a los dogmas-religión; 

mas condena con férvida pasión

al obispo que, practicando el mal,

finge ser un ministro angelical...

 

Oaxaca es foco liberal.

Juárez mide con mística emoción

los sucesos que vive la nación:

Las hazañas del grupo sin igual

que propugna justicia universal.

 

Iturbide, primer Emperador.

Las proezas del ínclito Guerrero

y de Bravo, sereno, justiciero,

mientras nuestro señor gobernador,

Santa Ana, gobierna con honor.

 

Juárez mide, estudia y analiza

los problemas que vive el pueblo, todo;

y en silencio progresa, de tal modo,

que confiesa sin vaga cortapisa

que su mente por fin se politiza.

 

Y le duele saber cómo Guerrero,

el héroe del sur, fue fusilado;

que un tal Picaluga, vil, malvado,

lo tomó, con engaños, prisionero

a cambio de talegas de dinero.

 

Y le duele, acaso mucho más,

el que Bravo luchara con furor

contra su compañero en el honor:

Guerrero, con el propio Nicolás,

lucharon por la Patria tiempo atrás.

 

Mas, ¿por qué se dividen los hermanos?

¿Por qué causa se ven como rivales? 

¿Es que hay intereses, mal de males,

que transforman los dones soberanos

en pasiones bastardas de villanos?

 

¿Vencedores augustos de la España

luchan hoy por la "gloria del poder"?

Mas, ¿qué gloria, decid, puede tener

el ansia de poder que tanto empaña

al blasón sin igual de gran hazaña?

 

¡Dos bandos antagónicos en pugna!

Una vasta facción: Federalistas.

Por la  otra: Tozudos centralistas.

Y si una propone, otra impugna.

¡Conducta desastrosa que repugna!

 

Y Guerrero ¿tratado como reo

por traición a la patria? Crimen lato

que sólo mira bien el mogigato;

el que sigue con hábil cacareo

al ministro de turbio bamboleo.

 

Porque el clero maquina males mil

para el pueblo sumiso que despierta,

y se une, y férvido concierta

acciones que lo saquen del redil

donde quiere tenerlo el monstruo vil.

 

El clero y su grey conservadora

que voraces se hinchan de riqueza,

mentras sufre la plebe gran pobreza.

Esa casta con sus maldades dora

con rezos al buen Dios que triste llora.

 

Porque Cristo, su santa religión,

no puede aprobar tanto desmán

más propio de la furia de Satán

que de quienes hoy tienen la misión

de velar por la inerme población.

 

Los obispos traicionan de por vida

a quien sufre clavado en tosca cruz.

Que si Cristo buscó traernos luz,

los sotana, con mente retorcida,

se enriquecen sin tasa ni medida.

 

"Una es la religión que yo profeso

-piensa Juárez, yo franco liberal-

y otra es la codicia monacal

donde flaco se viera el regio Creso

si entre frailes luciera su pescuezo".

 

Mas, ¿por qué se dividen los hermanos?

¿Por qué violan las leyes y justicia

cuando presas del odio y la codicia

se agreden con las armas en las manos

con furor y pasión de ultramontanos?

                                (continuará) 

                                  

                                              

 

 

 

 

 

 

 

 

        

 

 

 

 

 

            

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

             

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

         

 

 

 

 

 

 

       

 

 

 

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